Donde olía a mar ahora se respira dolor. La calma de La Guaira fue cambiada por esos suelos que ‘se licuaron’ en menos de un minuto y destrozaron millones de corazones. Ningún experto puede hacer que las madres que siguen esperando un milagro bajo los escombros comprendan la geología, ellas en este momento solo son movidas por el amor y la esperanza.
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El 24 de junio dejará de ser ‘el feriado de San Juan’. La fecha ahora pesa en los labios de quienes recuerdan con tristeza aquella tarde que marcó sus vidas para siempre. Será un día con miles de preguntas sin respuestas, también de fortuna para quienes ‘no bajaron a Naiguatá’ o de desdicha para quienes sí se decidieron a última hora.
El 24 de junio en La Guaira, ahora es una herida abierta.
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“Este edificio estaba vacío porque la piscina no estaba funcionando y la gente no quiso venir, muchos se salvaron por eso. Pero en este edificio de al lado había mucha gente, se cayó hacia atrás, donde estaba la piscina llena de gente”, relata Javier, un vigilante de Caraballeda, quien vio incrédulo cómo se derrumbó también el edificio Caribe OPP 22, donde vivía junto a su familia.
La impresión de Javier es quizás la de quien vuelve a La Guaira tras los terremotos: el paisaje cambió bruscamente sin que ningún ser humano fuera capaz de impedirlo. La tragedia volvió 27 años después cuando las grandes expectativas de crecimiento para recibir a miles de turistas estaba siendo una realidad, tras superar escasez, falla en los servicios y una larga pandemia.

LA FE QUE LOS MANTIENE EN PIE
“Queremos que esos niños aparezcan con vida. Mis cinco nietos (de 15, 14, 12, 6 y 3 años) estaban en el segundo piso de ese edificio, ya van 17 días de espera (…) tengo fe en que están vivos, la fe es lo último que se pierde, y los vamos a sacar. Los mineros y vecinos nos han ayudado a excavar, no ha venido más nadie, su mamá trató de entrar pero comenzaron a caer escombros y tuvo que salirse”, comenta Glenda Ramírez, frente a un edificio totalmente colapsado.
Los rescatistas internacionales trabajan en silencio, con vasta experiencia en terremotos, solo trabajan con posibilidades, sin decir abiertamente lo que es posible o imposible. Llegan, usan sensores, se miran, se desesperanzan y siguen a otros edificios. La frase “aquí no hay vida” no sale de sus bocas, saben que no todos la digieren, tampoco la dice cualquiera y es entendible, debería serlo.

«EL PLAY SIGUE ENCENDIDO»
“Ellos saben que los estamos buscando”, dice convencida Ana Carrasquero, quien pide el rescate de sus dos hijos atrapados en el primer piso de la OPP 22. Ese día decidieron quedarse a ‘jugar play’ mientas ella salió de paseo con su hija menor, de 7 años. La inspección de los ‘topos de La Guaira’ constató que el ‘play’ seguía encendido en una habitación vacía, sin señales de vida.
En La Guaira decenas de edificios llenos de familias cayeron de todas las formas posibles, de formas indescriptibles, como si se tratara de imágenes apocalípticas, como si brazos gigantes decidieron romperlos para mostrarnos lo frágiles y diminutos que somos… Y al verlos de cerca entiendes por qué las letras D (Deceased Only) son tan significativas para quienes salvan vidas.
La Guaira es ruido y silencio, mientras miles están bajo los escombros, los canales oficiales no hablan de los desaparecidos. La Guaira llora amargamente a sus hijos, otra vez.
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